Al filo de la media medianoche del 20 de diciembre de 1889, la parte alta del sector Poniente del edificio del Palacio Nacional que era sede del Gobierno salvadoreño, comenzó a arder en llamas. En pocos momentos, como alimentado por combustible, los cuatro frentes con los que contaba el edificio ardían simultáneamente, ofreciendo un espectáculo “aflictivo y pavoroso”. El celo de personas particulares y autoridades por apagar las llamas no fue suficiente para evitar que en dos horas se consumiera el edificio, pero al menos se evitó que el fuego se propagara a las casas vecinas y otros edificios aledaños al Palacio. Este hecho redujo a cenizas la herencia documental histórica del país y fue calificado por el Gobierno salvadoreño como una catástrofe sin precedente, pues las consecuencias trascendían más allá de lo que cualquiera podría imaginarse.


Breves datos sobre la construción del Palacio Nacional
A continuación presentamos un extracto de la investigación y levantamiento de información que a lo largo de 5 años realizamos sobre la arquitectura e iconografia del edificio.
El Ingeniero francés Gustavo Eiffel había asombrado al mundo en la Feria/Exposición de París del año recién pasado. Había inaugurado la construcción de una estructura en altura, eminentemente de hierro, ubicada en el campo de Marte, París, Francia, Eiffel escribió una nota al gobierno el día 25 de marzo de 1890, agradecía las relaciones con el gobierno salvadoreño en el pasado en estos términos: "El Sr. Eiffel presidente del Concejo de Administracion de nuestra Sociedad, acaba de remitirnos la carta que usted a tenido a bien dirigirle el 15 de mayo último y en contestación venimos a informar a usted que nuestra Compañía esta dispuesta a encargarse de la Construcción completa del Palacio Nacional que hace el objeto de la citada carta."


Finalmente construcción inició en 1905 y estuvo a cargo del Arquitecto José Emilio Alcaine y como maestro de obra el arquitecto Pascasio González. Finalizó en 1911, en la presidencia de Fernando Figueroa.
El Palacio Nacional de San Salvador, erigido en el corazón del centro histórico de la capital, constituye la expresión más lograda del eclecticismo académico centroamericano de principios del siglo XX. Su volumetría de planta rectangular y dos niveles se articula en torno a un patio central porticado, con fachadas simétricas de cantería clara rematadas por una balaustrada corrida y cubierta de teja cerámica en tono terracota, cuya vista aérea revela la coherencia monumental que tiene.
El acceso principal se enmarca con una columnata de orden clásico y frontón ornamentado, mientras que las ventanas arqueadas de ambos niveles, con carpintería en madera pintada de verde, cadencian con ritmo preciso el alzado exterior. En el interior, la riqueza ornamental alcanza su punto más alto: las puertas principales exhiben mascarones tallados en madera de caoba con motivos grotescos de inspiración manierista, y la escalera imperial de mármol asciende flanqueada por barandales de hierro forjado con volutas doradas de notable factura artesanal.
Los cielos rasos de madera, articulados en casetones geométricos con tallas de hojas de acanto, sostienen arañas de cristal de elaborada filigrana, mientras que las secciones transversales del edificio —con alturas de entrepiso de 6.18 m y cielos falsos a 13.15 m— revelan la generosidad espacial de los cuatro salones de representación: el Rojo, el Amarillo, el Rosado y el Azul, que configuran juntos uno de los interiores institucionales más significativos de la arquitectura salvadoreña










